domingo, 17 de octubre de 2010

Una personalidad maquillada artificialmente




Eran las nueve. Estaba dando sus últimos retoques. Lo tenía todo pensado. Iba vestida con una camiseta sencilla de rayas negras y blancas con cuello largo, unos vaqueros sencillos y unas deportivas desgastadas. De su hombro colgaba una mochila escolar. Su madre la llamaba, tenia la cena preparada. Iba a pasar la noche fuera, a dormir en casa de una amiga suya. Su madre no había puesto ningún impedimento. Le parecía bien.
La hora se acercaba. Se despidió de su madre y cruzo el umbral de la puerta. Su amiga la estaba esperando en la otra acerca de la calle, sentada. Ambas se rieron y empezaron a caminar con destino al piso de su compañera. No hay ciego peor que el no quiere ver. Justo al cruzar la esquina, ambas sacaron de su bolsillo un paquete de tabaco y se encendieron un cigarro. La nicotina y el alquitrán se unían para introducirse en los pulmones de las dos trece añeras.
La noche había comenzado, nada de lo que esta niña le había contado a su mamá era cierto. Nada mas llegar a casa de su inseparable amiguita, se metió corriendo al baño para cambiarse de ropa, cambio la camiseta básica por un vestido ajustado de licra negro con un cinturón rojo por debajo de los pechos, ya no llevaba unos vaqueros sencillos, en vez de eso, se puso simplemente unas medias color carne. Y ya no tenia sentido seguir llevando puestos esas deportivas desgastadas, las cuales cambio por tacones de punta fina rojos. Ya no parecía una niña.  Se consideraba de todo menos a una niña. Y solo fue cambiarse la ropa. Luego venia el maquillaje. Ese artefacto mágico que convierte cualquier imperfección en un don divino. Ella se veía muy mayor. Solo gastaba 13 años, y aparentaba 22. Después de haberse retocado el pelo, ambas confidentes de escapadas partieron hacia las discotecas de la ciudad. Todo marchaba bien, los chicos las buscaban, hombres de 20 y 25 años iban detrás de ellas, que solo tenían 13, pero no decían la verdad, indicaban tener 18 años. Cuantas mentiras echamos por sentirnos aceptados, que llegamos hasta el punto de crear una falsa identidad.

            Lo peor que ocurrió esa noche, fue cuando se tuvieron que recoger, esperaban en una esquina a que llegara su autobús que las transportaría a casa de la amiga, y mientras esperaban sucedió lo esperado. Unos hombres bastante borrachos pararon el coche frente a ellas, bajaron la ventanilla y con toda la naturalidad del mundo le preguntaron a la chiquilla: ¿oye, putita, tú cuanto cobras la mamada?

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