Hoy quiero resumir en una página todo un libro de historias.
Tu libro. Parece complicado dedicarte algo cada año, pero es realmente
sencillo, porque día a día me das anécdotas, datos, fechas, nombres, y yo solo
debo hilarlos. Hoy quiero hablar de una diosa, bueno, de una diosa no, porque
no existen. Digamos que hablamos de un superhombre, una supermujer de
Nietzsche. No pretendas encerrarla porque es aire, a veces brisa a veces
tornado, pero nunca fija. Cada estación se mueve, guiada por su propio pensamiento,
tan complejo y meticuloso que es imposible descifrarlo en una noche de
cervezas. No pretendas tenerla, no es de nadie, es hija de la Tierra, es una
Moira, al menos para mí, ella puede cortar mi hilo de la vida ya que yo mismo
le entregué las tijeras ciegamente y lo volvería a hacer, sin dudas, sin
resentimientos, sin echarme atrás. Hace de mí un hombre, aterrado, celoso y
humano. Aterrado de perderla, celoso por compartirla y humano por amarla. Debo
comprender que es hija de la Tierra, que debo ceder su esencia a los demás
aunque a veces la quemen, tan resistente como las pinturas de Altamira, eternas
por toda la Historia. Nadie la hundirá jamás, porque si alguien consigue
fracturar su espíritu, yo estaré allí para recordarle que jamás un rendido ha
logrado cambiar el mundo. Y se levantará una vez más, la conozco, sé que lo
hará.
Generosa, como debe ser, como marca su destino como hija de
la Tierra. Cuánto más quiere, más da. Ni siquiera se lo plantea ¿puede la gente
apreciar un gesto tan altruista? A veces ni siquiera yo lo aprecio, pero es tan
humano, tan gentil y humilde que sin saberlo desprende una luz que hipnotiza y
guía a todo aquel que la conoce hacía una nueva manera de ver la vida. Curiosa,
hasta tal punto que la lleva a conocer más y más, sin parar. Sin tener un fin,
no pondrá límite a su conocimiento y eso le llevará a no tener límites en su
camino. Nos queda mucho por recorrer, pequeña diosa, quiero decir supermujer,
pero voy a apretarte tan fuerte la mano que no te hará daño, sino que te dará
calor y refugio cuando lo necesites, mientras tanto, solo me quedaré caminando
a tu lado. Hemos conseguido un punto en nuestra relación que es hermoso y
desquiciante a la vez, como un Ying, como un Yang, luz y oscuridad. Nos
queremos tanto que nos aborrecemos, pero he aprendido que eso no es malo, que
es parte del proceso, que no seremos una pareja placa-placa, que seremos humanos, mundanos e imperfectos. Déjame
enseñarte toda la vida que nos queda por delante, hija de la Tierra. Permíteme
que me refugie en tu risa cada segundo que esta nace, porque es un milagro, no
religioso, sino humano. Yo disfrutaré de cada contacto de tus dedos por mi
piel, recorriendo los puertos que solo tú sabes recorrer. Deja que visite cada
trabajo que tengas, para darte apoyo cuando te agobies, para frenarte cuando
quieras cargar contra el mundo, para hacerte entender que lo que vale la pena
se refugia en rincones de mucha mierda. Quiero luchar contigo, no por ninguna
causa mundial, sino por una causa personal: crecer. Juntos. Tener hijos y que
digan tita Ocío. Volvernos treintañeros y mirar atrás para reírnos de lo
estúpidos que fuimos. Pasar muchos Años Nuevos, donde no importa que haya
pasado, se olvidará, se consumirá en el papel del facundo que fumemos. Ahora
que eres un año más sabia, hija de la Tierra, deberás esperarme a que yo me
convierta en un año más estúpido, para poder mirarme y entenderlo, entenderlo
todo, comprender que contigo todo es más difícil, pero que sin ti, todo es
imposible. Feliz cumpleaños. Queriéndote siempre; tu Paco.




