Yo era por aquel entonces un iluso que ni llegaba a ser adulto, un joven inconsciente que no sabía distinguir entre la buena música y lo que la gente llama "basura comercial". No sabía conjuntar la ropa, ni siquiera actualmente se me da muy bien. No soportaba el café ni entendía lo que tu cuerpo me estaba gritando al mirarme. Pero toda mi inocencia me permitió descubrir la magia que se escondían tras tus ojos. Robando mi niñez me desnudaste por primera vez, me hiciste obviar el pudor por mi cuerpo y pude oler la vainilla fuera de una heladería. Los momentos que vivimos fueron intensos, efímeros, escasos e inigualables. No podré olvidarme de la sonrisa que me sacabas cuando intentabas pronunciar palabras complicadas como inefable, indivisible o desoxirribonucleico. Hacías que una conversación fuera más poderoso que el recuerdo de una foto, y que las sonrisas debíamos enmarcarlas para tener siempre en la cabeza lo guapo que me ponía cuando la tenía. Te veo y veo aquel verano viendo atardecer, con nuestros pies hundidos en la arena y nuestros prejuicios apartados en las rocas, sin importarnos quien viera a dos chicos besándose o dándose un abrazo, era la felicidad hecha mortal. Era una historia que sabíamos que podía acabar.
Han pasado los años y sigo siendo ese niño asustadizo que necesita de un calor ajeno a mí para poder dar un paso sin miedo, soy un excéntrico de la vida que realiza planes sobre planes y luego los tira como si fueran piezas de Lego, soy inestable, voluble y utópico. Me pasaré buscando eternamente lo que ya murió ese día de playa por ser mortal. Escapando de mis dedos se quedan las ganas de haberte besado una vez más.

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