miércoles, 12 de diciembre de 2012

Miradas con dos de azúcar.

   Se me quedó mirando. Lo juro, no me lo he inventado, esta vez es real. Sus ojos no tenían otra dirección más que la de los míos, y fue tan impactante, violento y deseado que me lamento de no haberlo aprovechado bien. Justo después de eso, ella se levantó, pagó su café y se marchó.
   De repente me puse de pie, bueno, yo no, yo no tenía autoridad ninguna sobre mi cuerpo en ese momento, andó solo, pero le doy las gracias, tuvo más valor que yo mismo. Pagué mi té y fui tras ella, para no perderla, para recordarla una vez más, para aclarar la duda de si la echaría de menos o no cuando no la viera de casualidad nuevamente por la calle. ¿Dónde estaba? Se perdió la chispa entre miles de faldas y camisas, tantos colores nublando el uno al otro y creando una gama gris imposible de dispersar. Intento no olvidar el nombre de la cafetería a la que he acudido, en la que nos hemos mirado y, sé que piensas igual, nos hemos conocido. Tú no me buscarás, lo sé. Eres de esas chicas que quieren tomar las riendas de su vida y no sentirse sumisa al amor de un hombre. Eres de esas mujeres que revuelven el equilibrio de mis órganos echando tu cabello a un lado. A través de ti he visto mi futuro reflejado en ese cartel de café de oferta. Volveré cada día hasta que decida que es momento de recuperar la cordura. Así que, vuélveme loco una última vez, porque será la primera.

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